Las grandes batallas épicas ya no existen. La Historia nos permite, muy de lejos y sólo bajo el prisma del vencedor, rememorarlas. Cuentan las crónicas que en la antigua grecia un ejército helénico liderado por el rey Leónidas consiguió detener un ataque masivo (entre 250.000 y el millón de soldados) por parte del ejército persa con apenas unos 300 espartanos en la batalla de las Termópilas. Y como esa ha habido muchas más, grandes combates a vida o muerte, gloria o deshonra. Y así, del mismo modo que la Historia nos enseña cómo fue, aprendimos al mismo tiempo a evitarlas -más aún tras la Segunda Guerra Mundial-. Ya no quedan grandes guerras... y sin embargo su espíritu sigue vivo. La popularización y masificación del deporte trasladó las ansias de guerra de Europa a otros campos de batalla. Sin lugar a duda, por suerte o por desgracia, el "deporte rey" es el nuevo foco donde se blanden las espadas, se disparan los cañones y las tropas entran a cargar.
Estas dos últimas semanas hemos podido volver a contemplar las grandezas y las miserias de las guerras, trasladadas a los campos de fútbol. Da pena ver cómo gentuza del todo indeseable no sólo para el fútbol, sino para la sociedad, se aprovecha del deporte para dar rienda suelta a sus frustraciones: desde los barras bravas de Argentina hasta el cobarde David Navarro (al menos luego entonó el Mea culpa) pasando por el todavía anónimo terrorista del fútbol que le lanzó la botella a Juande Ramos en el Betis Sevilla. La tristeza por ver cómo algo bonito, que en el fondo uno ama, se convierte en semejante esperpento hizo que empezara a perder un poco la fe en todo esto. Bueno, eso y además el hecho de ver que mi Madrid es una amalgama mal parida que no sabe ni qué hacer y que poco a poco se vulgariza hasta límites insospechados.
Pero tenía que pasar algo que cambiara todo eso. Y sólo había dos "plazas" (otra vez el belicismo deportivo) donde la magia podía volver a llevarme al sendero mágico cubierto de césped. Sevilla y Liverpool. Uno por su gente, otro por su mito, su leyenda y su magia. A lo que hay que sumar que justo en esos dos campos jugaba el "archienemigo" merengue: el Barça. El choque del Sánchez Pizjuan hizo que, por un instante, volviera a decirme: "Ey, la grandeza del fútbol reside en que todo es posible". Pero lo de anoche... ¡Dios mío! No había sufrido ni disfrutado tanto desde el Gran Premio de Brasil del año pasado -curiosamente coincidió con el Real Madrid-Barcelona-. Fue Sevilla, pero si había algo más, sólo podía ser Anfield. Tenía que ser Anfield. ¿Se puede reconocer el amor cuando llega? Pues a mí me llegó hace tiempo. Merengue red. Aunque ganen, aunque pierdan, nunca estarán sólos. No al menos mientras el aquí firmante viva. Hoy sólo me queda disfrutar del ayer y soñar con el presente inmediato. Toca cenar en Munich. ¡A por las cervezas... y a por la Copa!
07 marzo 2007
08 noviembre 2006
06 noviembre 2006
Ser de un equipo no se compra
Cuenta el gran Eduardo Galeano en su delicioso libro El fútbol a sol y sombra la historia del también escritor uruguayo Paco Espínola al que no le interesaba el fútbol. Una tarde del verano de 1960 en la que Espínola se encontraba recluido en casa enfrascado en su último trabajo, el intelectual aprovechó un descanso para encender la radio. Buscando qué escuchar, sintonizó la retransmisión del Nacional-Peñarol, el clásico por excelencia del fútbol uruguayo, que acabó con un rotundo 4-0 a favor del decano. Por la noche un hondo pesar inundaba al escritor y lo que más le asombraba es que desconocía el porqué. Hasta que cayó en la cuenta: ¡estaba triste por la derrota de Peñarol! Espínola era de Peñarol y no lo sabía. Bajo el título El fervor de la camiseta, esta breve historia exquisitamente narrada por Galeano creo que sirve para ilustrar lo que es ser de un equipo de fútbol, un sentimiento difícil de explicar y del que es imposible renegar. Algo tan profundo que, como le sucedió a Espínola, podemos llegar a desconocer. Junto al juego, ser de un equipo es lo más puro que tiene el fútbol, de ahí que por más intrusos que haya, está a salvo del talonario.
Como apunta Galeano, y a diferencia de los nuevos magnates del fútbol, rara vez el hincha dice: «Hoy juega mi club». Más bien dice: «Hoy jugamos nosotros». Cuando el partido concluye, el hincha celebra su victoria: qué goleada les hicimos, qué paliza les dimos; o llora su derrota: otra vez nos estafaron. Regresa al yo que ha sido nosotros. Por mucho dinero que tengan, tanto que se pueden comprar clubes de fútbol, los Abramovich, Glazer, Romanov o Gaydamak nunca sabrán lo que es ser "nosotros". Ellos no dicen "ganamos" o "perdimos", sino "gané" o "perdí". Ser de un equipo no se compra, se siente.
Como apunta Galeano, y a diferencia de los nuevos magnates del fútbol, rara vez el hincha dice: «Hoy juega mi club». Más bien dice: «Hoy jugamos nosotros». Cuando el partido concluye, el hincha celebra su victoria: qué goleada les hicimos, qué paliza les dimos; o llora su derrota: otra vez nos estafaron. Regresa al yo que ha sido nosotros. Por mucho dinero que tengan, tanto que se pueden comprar clubes de fútbol, los Abramovich, Glazer, Romanov o Gaydamak nunca sabrán lo que es ser "nosotros". Ellos no dicen "ganamos" o "perdimos", sino "gané" o "perdí". Ser de un equipo no se compra, se siente.
Enrique Marín
Diario As, 06/11/2006
Diario As, 06/11/2006
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